die Wiedergeburt (El renacimiento) (CUENTO)




Señorita Luttenberger, no se lo diré una vez más, déjeme acceder al refugiado de una vez y le prometo que su condena por dar alojo a criminales será más leve que lo usual—dijo el oficial Hoffman sacando su revólver y apuntando a la joven mujer rubia de unos treinta años que atendía la barra de aquel bar.—Tengo gente afuera, pero no me gusta el uso de fuerza innecesaria así que por favor entregue al niño y solucionemos esto rápido.


Constanze Luttenberger no rompió su expresión seria  al ver el cañón del arma apuntando al espacio entre sus ojos, no le tenía miedo a la muerte, no a la suya al menos. Sus cansados ojos azules se clavaron en los de aquel militar de expresión tranquila. Lo cierto era que no podía permitirse morir en ese momento, no porque apreciara particularmente su vida (varias partes de ella que intentaba reprimir preferían que aquel hombre apretara el gatillo), pero debía entregar a aquel niño a su padre personalmente. Solo ella podía.

—¿Y bien?—preguntó.

—Disculpe, oficial, estaba pensando en lo guapo que se vería si no me estuviera apuntando con un arma.—dijo la tabernera llevándose una mano a la barbilla.

—Estoy casado, ese tipo de flirteos baratos no van a funcionar conmigo..

—Bueno, eso sí que es una sorpresa, que esté casado, digo.

Hoffman empujó el cañón contra la frente de la mujer todo lo que su brazo pudo. Lo único que impedía el violentarla en su completitud era la barra entre ellos. La larga mesa de madera cubierta de botellas y vasos funcionaba como una molesta barrera que le impedía acceder cómodamente al otro lado sin dar una larga vuelta. Tenerla a punta de cañón era la mejor opción.

—No respondió lo que le pregunté, Luttenberger.

—No se confunda, yo le entendí fuerte y claro, usted es dueño de una dicción impecable y por eso le recomiendo que sea orador en vez de soldado porque la verdad el factor intimidante no es lo suyo.

Hoffman dejó salir una risa amarga. A pesar de que estaba visiblemente calmado, no estaba particularmente de buenas, así como la mujer, él también tenía una misión delicada y muy personal entre manos y no podía fallar. Prefería estar muerto que volver con sus manos vacías.

—Es evidente a simple vista que a usted nadie le enseñó a ponerse en su lugar. Normalmente esas cosas se les enseña cuando son niñas, pero no me sorprendería que usted hubiese tenido una crianza deficiente—dijo.

—Estoy en mi lugar, oficial, es mi trabajo, en todo caso el que debería preguntarse si está en donde debe, es usted. Me gustaría que se retirara lo más rápido posible, que esta taberna sea tomada por los perros de Heydrich no es precisamente la mejor publicidad. Aparte ya cerramos hace media hora—dijo Constanze—Y para responder de una vez su pregunta, oficial, no tengo a ningún criminal aquí, no va a encontrar nada de eso en esta taberna.

—Usted oculta un prisionero judío aquí.

—No hay un solo judío en esta taberna, le doy mi palabra.

El oficial por primera vez sonrió, pero aquella mueca estaba marcadamente lejos de expresar felicidad, era un intento de hacerle creer a la mujer que estaba seguro de sí mismo.

—¿Cree que la Gestapo no tiene contactos aquí? El dominio del oficial Heydrich llega a cualquier rincón y este pueblucho ciertamente no es una excepción.

—No es el único con contactos por aquí.—afirmó Constanze con una sonrisa.—Por lo tanto, le conviene bajar el arma, Kauffman, no tengo un judío, pero ciertamente tengo lo que quiere, y lo podrá ver. Matarme solo le pondría en un callejón sin salida, puedo darle exactamente lo que quiere.

A Kauffman le dio un vuelco el corazón y bajó el arma con un ademán débil, Constanze no trató de huir, se le quedó mirando. Ella sabía que él no dispararía en ningún momento

—¿U-Usted sabe mi nombre?

—Se mucho más que su nombre, degenerado, también se que no hay nadie más afuera. Sería muy poco sabio que usted viniera acompañado a esta operación tan secreta. Incluso si aquí hubiese un judío, usted no hubiese venido personalmente. Usted aún no me ha matado, y no creo que fuera por cobardía precisamente. Le ha hecho cosas peores a otros así que audacia exactamente no le falta.

—No me obligue a llamarlos.—dijo Kauffman ignorando las acusaciones de la mujer, por correctas que fueran. No era tan tonto como para venir acompañado a una misión tan personal y secreta. Pocos oficiales muy de su confianza sabían exactamente por qué Kauffman había viajado a Baden-Württemberg aquel día.

—Bien, hágalo. Si es que fue tan poco sabio como para traer gente a algo que podría dejar su reputación por los suelos de esa manera. Con un poco de esfuerzo, yo podría acabar con su carrera en pocos días

Kauffman evadió su mirada por unos minutos, pretendía amagar e ir para afuera en un intento de huir, pero sabía que eso no tenía sentido, ya había llegado lejos y no  había vuelta atrás. Lo único que encontraría en el exterior sería una noche invernal Alemana con sus oscuras fauces abiertas, una boca masiva que no discriminaba etnia o edad .

—Lo admito, no hay nadie afuera.—dijo finalmente.

—Muy bien, ahora baje el arma.—apuntó con la cabeza rápidamente a la barra.—¡En la barra, ahora!

Kauffman dejó con una expresión fastidiada el arma sobre la madera húmeda con viejas gotas y manchones de varias bebidas de alcohol. Todo estaba bien, aún tenía un cuchillo por si las dudas, luego de que le mostrara lo que quería, mataría a la mujer en un momento de descuido y se iría de allí como vino, en silencio. Se repitió esto a sí mismo como una suerte de mantra pero cada vez que su cerebro lo procesaba, se lo creía menos y menos.

—Lléveme con mi hijo.—dijo el oficial finalmente.

—Así me gusta más.

Constanze tomó el arma y unos segundos después, con un un movimiento de cabeza, le indicó la puerta de afuera impacientemente y Kauffman fue con prisa hacia allí con un trote cauteloso. Abrió la puerta torpemente y salieron al duro frío invernal. En un principio el oficial pensó que el niño estaría dentro de la taberna, pero Constanze se movió rápidamente hacia una pila de escombros en la parte de atrás de la casa. El oficial se dedicó mentalmente varios insultos por asumir que sería fácil. Pensó ingenuamente que solo secuestrar al niño bajo la excusa de que era un judío y luego se encargaría de él en la soledad del invierno, pero terminó siendo rehén a punta de pistola de una camarera ojerosa con vestido de feria.

La jóven removió varias capas de tela, piedras, maderas y mantas y una red de pesca para revelar un aljibe tapado con un candado. Constanze lo abrió a toda velocidad poniendo la combinación increíblemente rápido y reveló una escalera de metal oxidada que descendía varios metros a una negrura abismal.

—…¿Por qué tiene a mi hijo aquí?

—¿Cree que puedo ponerlo en otro lado? A mi también me da asco, no es el lugar para un niño en crecimiento, pero no hay otra manera de protegerlo.

—Dios santo, usted está loca.

—Viniendo de usted, considero eso un halago, criminal.

—No crea que luego de esto se librará de mí, Luttenberger.

—Eso no se lo cree ni usted.—dijo Constanze mientras se subía a la superficie circular del aljibe.

Constanze bajó primero ensuciando su vestido con un bizarro líquido azul embadurnado en las paredes interiores de la estructura circular y Kauffman la siguió. Se comenzó a preguntar si su hijo realmente estaba allí o aquella mujer solo buscaba lugar oscuro y secreto para matarlo.

Cuando llegó, se encontró con un largo túnel, un pasillo de piedras negras que emitían el concepto de la muerte a todos los sentidos de su tembloroso cuerpo, que hasta hace poco estaba nutrido por la imaginaria certeza de una superioridad racial inexistente. No había puertas a los lados para dar algún gris coloreado al tétrico camino, solo una, al fina,l mirándolo burlonamente, iluminada por un par de lámparas con manchas de moho que interrumpían el flujo natural de la débil luz de gas. Esto era un lugar expresamente creado para guardar una sola cosa, y esa era su hijo. Kauffman se preguntó qué demonios eso era antes de que su niño estuviera aquí pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Constanze le empujó hacia adelante. Nunca dejó de apuntarle con el plateado revolver cargado de seis balas.

—Camine de una vez, que no tengo todo el día, bestia.

—B-Bien…—dijo arrancando la larga marcha.

—¿Cómo se siente el visitar a su hijo luego de tanto tiempo?—dijo Constanze inmediatamente.

—Eso no le importa.

—Estoy seguro de que a su madre en Lebensborn sí le importa. Luego de lo que le hicieron al pobre niño debe estar destruida.

—…¿Cómo sabe lo de Lebensborn?

—Trabajé allí como enfermera ¿Cómo cree que hice que mi contacto lo atrajera aquí? Se de los horrores que Himmler introdujo a esa organización. Ya daba su asco de antes, pero cuando comenzaron a introducir esas...brujerías, no pude más.—con una voz débil comenzó a recontar.—La transferencia de almas a un bebé superior, los homúnculos, la influencia de la lanza de Longinus  en el crecimiento de un niño y finalmente el Ubermensch, en otras palabras, su hijo.

Se hizo un silencio largo. Lebensborn era la plataforma principal del país para asegurar el continuo nacimiento y producción de niños “arios”. Se elegía a una madre y un padre percibidos por el Reich como “genéticamente superiores en todo sentido” y se los hacía procrear para conseguir a un pobre niño que no era producto del amor, si no de los retorcidos ideales de un país puesto en vergüenza en la primera guerra mundial. Eran la manifestación humana del deseo desesperado de poder, el poder de pararse encima de otros que considera “inferiores”, algo por lo que nadie les consultó antes de haber nacido, simplemente eran traídos al caótico mundo de mil novecientos treinta. Kauffman tuvo un desliz amoroso con una madre de esa organización, Helga Schwarz, una mujer soltera que encontró alojo en aquella organización al ser percibida como una auténtica alemana según los extraños estándares de la época..

—E-Era una apuesta a futuro por el bien del país...—dijo finalmente.

Las palabras de su padre, “un país próspero requiere sacrificios” resonaron en su cabeza por un momento mientras miraba el suelo cabizbajo.

—Sí, repitase eso mientras ve a “Zarathustra” al rostro...—dijo con desdén.—Ningún futuro se debería pavimentar con las almas de niños inocentes…¿Cómo le decían, die Wiedergeburt?

die Wiedergeburt”, “El renacimiento”, el proyecto definitivo de creación del Zarathustra, el futuro humano definitivo. El hijo de Kauffman y Schwarz, Hans Kauffman, fue el primer conejillo de indias para la creación del soñado ser superior, el ario definitivo que un futuro pondría al Fuhrer en la cima y del que saldrían muchos más si se lograba perfeccionarlo en masa. El primer intento del proyecto, sin embargo, fue lo opuesto de exitoso. Las pruebas con Hans salieron terriblemente mal, lo que le habían hecho tuvo un efecto adverso en su nuevo cuerpo y se decidió que tenerlo y seguir experimentando con él era una pérdida de tiempo. Un par de días después, fue secuestrado y no se lo volvió a ver.

Kauffman tenía sentimientos mixtos, todos estos negativos, temía lo que pasaría con su reputación si alguien fuera de la SS se enteraba de lo que ocurrió en aquella casa de Lebensborn; le parecía lamentable perder a un ario sano y puro por el poco cuidado del ala ocultista del Reich y su parte más humana que no dejaba salir de su estoico muro de emociones sentía culpa desde el punto de vista paternal y moral, todo mezclado con el deseo de terminar con el sufrimiento de aquel niño a punta de pistola.

—Transferir el alma a un cuerpo “superior”...—dijo Constanze casi temblando.—El alma de un niño a un maldito pedazo de carne artificial, un homúnculo. Si ese es el futuro de la humanidad…

—El proyecto falló....—intentó defenderse Kauffman.—Incluso Himmler reconoció que sus estudios de lo oculto no fueron suficientes para asegurar una transferencia segura, todos fuimos ingenuos y destruimos la vida de un ario...

—¡Correcto, falló!—finalmente llegaron a la puerta y Constanze no perdió tiempo en abrirla agresivamente con una llave herrumbrada y manchada de azul que sacó de un bolsillo de su vestido.—¡A menos que usted quiera llamar a esto “éxito”!

Una caverna enorme se reveló frente a los ojos de Kauffman, solo la parte central estaba iluminada y había juguetes rotos, almohadas de plumas rajadas y una cama de niño astillada y con el colchón lleno de agujeros.  Todo estaba cubierto con manchas azules, secas y llenas de grietas negras. Había una baba transparente con extrañas motas negras que se movían como bacterias en la piedra del suelo y se dividían y se juntaban emitiendo un sonido similar al de una lengua con saliva . En la oscuridad podía sentir palpitar algo y estremecerse.

Constanze le apuntó con el arma en la sien.

—Ni piense que puede escapar ahora que vino tan lejos.—Constanze puso una voz agradable en falsete para llamar al niño, sus iris brillaron con un resplandor dorado por unos segundos.—¡Hans, vino papá! ¡Papá quiere ver a Zarathustra!

Algo despertó.

Kauffman no pudo evitar dejar salir un grito de pánico por primera vez en años. De la oscuridad salió reptando un ser completamente blanco y de brazos huesudos llenos de unas extrañas espinas negras que parecían latir y bombear un líquido azul. Su cabeza tenía dos ojos rojos, uno enorme y otro pequeño en lugares completamente incoherentes, el más grande parecía salir de una boca con diente afilados en donde la nariz se ubicaría normalmente, y el otro estaba en su frente mirándolo fijamente. El oficial no podía ver las piernas de aquel ser, pues estaban conectadas a algo que latía horriblemente en la oscuridad. Una multitud de luces amarillas se encendieron en la oscuridad tras él como una suerte de bienvenida y marcando la figura del monstruo enorme que realmente era.

Una voz horrenda retumbó en la cueva, era una mezcla entre los gemidos de un anciano, los llantos de un niño y una mujer estrangulada intentando respirar.

Tra….nsf...long...inus...dios...aaaalma...Very….ian...VEIRYYYYAN...ZaRaTHuSTRA…..—la voz se detuvo un segundo y comenzó a hablar con muchísima más rapidez.—¡Leben...sboLebenene….nbornnn...Kauffman...VEIRYANNNNN...desciende...ubeeermennnn...nginus...ZARATHUSTRAAAAAAAAAA!

—¡Aún puede hablar!—exclamó Constanze con una sonrisa macabra, esta vez sus ojos brillaron en dorado de nuevo junto con los de Hans, no fue ninguna alucinación.—¡Sigue diciendo lo mismo, una y otra vez! ¿¡Puede creerlo!?

—¿¡Quién...quién le ha hecho esto!?—gritó Kauffman mientras veía como ese torso se le acercaba más y más. Hans había nacido deforme y débil, pero lo que apareció frente a él no era lo que había visto en el laboratorio luego de nueve meses. Se negaba a creer que un niño débil había crecido en tal monstruosidad, los homúnculos no estaban diseñados para tal crecimiento.

—Usted lo hizo

Hans clavó su mirada en Kauffman y extendió sus brazos hacia él. Quería un abrazo. Se encendieron aún más luces amarillas detrás, llenando la pared y el techo y varias secciones del suelo.

Eran ojos.

Constanze le disparó en la pierna al aterrorizado quien cayó al suelo en un mar de dolor  junto a los juguetes destruidos. Los brazos de Hans comenzaron a destrozar su uniforme militar. Su toque quemaba.

—¡Por favor, no me deje aquí, por lo que más quiera!

El fulgor amarillo de las iris de Constanze se clavaron en los ojos de Kauffman, pero por primera vez parecía sonreír de felicidad legítima, antes era algo fingido para molestarlo y colmar su paciencia, pero ahora estaba honestamente encantada con lo que sucedía.

—¿Y qué si lo que más quiero es que Hans se reúna con su padre?

Casi en respuesta a eso, Kauffman comenzó a gritar mientras la piel de su torso desnudo se disolvía y quemaba a la vez que su hijo parecía querer hacerse uno con él. No se lo quería comer con una enorme boca como él pensaba, lo estaba absorbiendo mientras lo disolvía desde el centro hasta cada extremo vertical. Podía sentir sus entrañas endurecerse y quebrarse como jarrones mientras una sensación ardiente subía hasta su cerebro y llenaba sus ojos de sangre y eventualmente su boca. Llegó un momento en que simplemente ya no podía gritar, sus cuerdas vocales humearon y se frieron.

Aún así no moría, él no estaba muriendo a pesar de la horrible tortura que de la que estaba siendo partícipe, estaba siendo asimilado, estaba siendo absorbido por algo más que un monstruo. Sonrió al darse cuenta de lo que estaba sucediendo y recordó a su padre repitiendo lo que le había dicho cuando era niño.

“Un país próspero requiere sacrificios”

Constanze cerró la puerta con llave y se retiró por el pasillo, pero no sin antes dedicarle al oficial las últimas palabras que oiría en su vida. Eran las palabras que esperaba escuchar y su aspiración más grande desde el principio, Hans no era su hijo y tampoco era un monstruo, Hans era el primer paso, Hans era la infancia de la nueva Alemania, y él sería parte de eso. Sus almas ascenderían con prioridad al morir por el Reich, dios estaba de su lado y nada los detendría. No podía estar más orgulloso de su hijo, todo su odio por Constanze se fue disipando y le agradeció de corazón aquellas últimas palabras que resonaron en su mente por el resto de la eternidad.

Sieg hail viktoria, oficial Kauffman.—dijo.







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